25 años arando las nubes

Guiada solo por un aroma, en el año 2001 nuestra maestra Bárbara Kosen llegó a las faldas del pico Almanzor. Tras una decepción inicial en un posible terreno, se encontró súbitamente en lo que hoy es Shorin-ji, lugar que no tardó en bautizar como “el bosque del despertar”. Descubrió que causalmente éste estaba en venta y, sin error ni duda, inició la inmensa tarea de levantar un templo zen.

 

Antes los bancales que inundan la finca estaban repletos de olivos e higueras y tras un incendio hoy es un bosque de pinos, madroños, robles y algún que otro castaño despistado. Este bosque convive de forma armoniosa con un gran Dojo y distintas instalaciones que rodean y hacen posible la práctica de zazen.

 

Durante todo este tiempo, cada mes nos reunimos para profundizar en la práctica realizando una sesshin, y en Agosto celebramos el Ango en tres sesiones de diez días donde practicamos de forma intensiva y concentrada. En el día a día, Shorin-ji recibe a personas que llegan a pasar temporadas como residentes, y cada mañana y cada tarde suben monjes y monjas desde el pueblo a sentarse, escuchar las enseñanzas de la maestra y hacer Samu.

 

En una sociedad como la nuestra, gobernada por la insatisfacción, la velocidad y el provecho personal, Shorin-ji brinda una estructura de profundización única donde practicar cotidianamente cómo es esto de contactar con un yo no-condicionado, lejos del polvo rojo que inadvertidamente impregna nuestra acciones de ignorancia, cólera o avidez.

 

A través de su ejemplo encarnado, Bárbara nos enseña a no limitarnos e ir más allá de nuestro ser ordinario, abriéndonos a conocer y seguir las huellas de los antiguos. Poco a poco, de forma automática, inconsciente y natural nuestro cuerpo-mente cambia de posición y aprendemos a dejar pasar.

 

Han pasado 25 años desde que este lugar tiene sus puertas abiertas a cualquiera que reconozca dentro de sí una sed de actualizar su naturaleza despierta. Nada de esto sería posible sin la determinación y generosidad de nuestra maestra y todas sus discípulas que, durante un tiempo y hasta hoy, hacen de la práctica de la Vía algo vivo y eterno.